miércoles, 4 de marzo de 2015

Emperador de nadie (versión en español)

Querida amada:

Hoy es 23 de febrero de 1936. Sol, nubes, nubes. Nieve. No estoy acostumbrado a ver nevar a estas alturas del año, pero el invierno en Manchuria es mucho, mucho más largo que las tímidas tardes de frío en mi palacio. Mi palacio… ¿acaso puedo decir mío? Todavía no entiendo cómo puedo seguir pronunciando tales palabras. Aunque… ahora que lo pienso… en realidad nunca he dudado en llamarte mi amada. Ya sabes que eres la persona que más quiero.

Espero que envíe esta carta a la dirección adecuada. También espero con todas mis ansías que leas este mensaje. Tengo, muy dentro de mí, tu recuerdo grabado en tinta, como los caracteres chinos de mi nombre, que memoricé día tras día cuando era un niño. Ahora eres mi único escape. Solo puedo desahogarme contigo. Tengo que mantener la calma, aunque lleve más de cinco años sin ninguna noticia tuya. Si estuviese en Pekín y alguno de mis… supiera que llevo más de un año sin saber nada de la persona que más amo, ya se habrían dejado la piel para encontrarla. Pero no es así. Cada día me convierto en alguien un poco peor. A los japoneses esto no les importa. En realidad lo desean.  Solo desean que desaparezca.

El día que te escapaste me puse tan furioso que perdí los papeles. Y como suele ocurrir en estas situaciones, el primero que se cruzó en mi camino pagó los platos rotos. No te lo he contado nunca, pero aquella noche di una buena paliza a Wan. Ella entró drogada en mi cuarto, justo cuando sostenía entre mis manos ese trozo de papel asqueroso en el que te despedías. Wan insistió en que continuase fumando con ella, pero yo no la hice caso. Ni siquiera me había inmutado que había entrado. Se echó contra mí y mis piernas cedieron sin resistencia. Si mi mente no podía sostener lo que ese trozo de papel decía, mi cuerpo físico había perdido toda conexión con mi consciencia mientras la leía. Al menos hasta que me di contra el suelo. Entonces como si de un fuego artificial que se lanza contra una persona se tratara, todo el dolor acumulado explotó y no pude parar de pegarla entre chillidos y lágrimas. Había perdido mi cordura.

Creo que desde entonces Wan me odia. ‘‘Dale un solo motivo para creer a alguien que no esté en su sano juicio que debe odiarte y lo hará sin problema durante toda su vida’’. Y todo porque te tenía envidia. Estaba muerto de envidia. Tú diste un paso tan importante… que rompió todos mis esquemas. Como si antes de nacer le preguntasen a un bebé en qué lugar feliz quiere reencarnarse, tú te fuiste de mi lado y me robaste las ganas de vivir. No tengo motivos para estar furioso a estas alturas… pero todavía sigo carcomiéndome de envidia.

No sé qué clase de majadería planean los japoneses desde que estoy en Changchun. Soy una triste figura que ha perdido su encanto, una especie de estatua de Buda sucia y abandonada a la que la gente se acerca para aprovecharse de ella y reírse en su cara. Nadie te deja ofrendas. No me siento emperador, no soy emperador de nadie. Ni de mi mujer. A Wan se le han caído los dientes. Solo le quedan las encías. Con solo pasar la lengua a través de ellas huelo su aliento a sangre podrida. Fuma más que come, llora más que habla, más que anda. Me atrevo a decir que el puto opio le ha robado completamente su alma. A mí, a este paso, me queda poco para acabar como ella.

Hace una semana que necesito escribir urgentemente esta carta. No lo he hecho a tiempo y ahora me arrepiento. He tenido que explotar… igual que cuando te fuiste. Aunque esta vez no fue Wan la víctima de mi arrebato. Fue a mí mismo al que tuve que lesionar. Pero ya sabes que no tengo la endereza suficiente como para suicidarme. A un emperador se le tiene prohibido suicidarse… Lo que te escribo a continuación no es necesario que lo leas, puedes pasar directamente a la despedida. Con solo escribirlo me vale, con lo que has leído hasta ahora ya me siento satisfecho. Ya he cumplido con uno de los objetivos de mi carta. A partir de ahora,  no lo leas si no quieres.


Había cuatro subordinados japoneses. Pasaron por alto que a pocos metros estaba yo. Su deseadísimo emperador de Manchuria había salido a dar una vuelta alrededor del palacio. Gritaban en un idioma raro, no parecía el japonés que llevo aprendiendo con un profesor particular todos estos años.

Realmente no podía entender lo que decían. No estaba previsto en el guion y ni en los decorados del palacio que yo apareciese como espectador en esa escena. Al parecer habían encontrado en los laterales del palacio a un hombre sentado sobre una piedra, comiendo. Parecía joven, debía tener unos treinta años, pero las penurias de sus últimos años de vida le habían hecho envejecer bastante. Le tiraron al suelo y le exigieron que se desnudase. Lo deduje por sus movimientos, sus palabras eran igual de ininteligibles que al principio. Como el hombre no les entendía, intentó levantarse y salir corriendo. Pero su esquelético cuerpo no parecía responder lo suficientemente rápido, ni mucho menos parecía disponer de la salud física necesaria como para enfrentarse a ellos. Creo que el hombre ya se había dado por vencido cuando vi que uno de los soldados le había soltado una bofetada. Él se había arrastrado por el suelo para intentar enderezarse.

Le  desnudaron… o más bien terminaron de despedazar los pocos harapos que le quedaban. Mientras dos de ellos le agarraban retorciéndole los brazos y el cuello, los otros dos indicaron con gestos que inclinasen el tronco del chico, de tal forma que quedase su culo proyectado hacia ellos. Recuerdo que en ese mismo instante se me contrajeron todos los músculos. Quise dejar de presenciar aquella escena y huir.

Le agarraron con más fuerza por su espalda y metieron un par de dedos en su ano. Pero ninguno de los oficiales se bajó los pantalones del uniforme. No me esperaba que el placer de esos soldados japoneses procediera de un antojo mil veces más depravado que el de una simple violación. Parecían entender que esa cosa que sujetaban entre ellos se merecía mucho más que una mera penetración. Uno de los que estaba libre, descolgó de su espalda el fusil con la bayoneta. Recuerdo que miró a los ojos al resto, como pidiéndoles permiso. Después les lanzó una sonrisa. En cada intento que hacía el joven por salir de ahí, el soldado metía con más fuerza otro dedo dentro de su ano, mientras los otros sacudían con sus rodillas la tripa de la víctima. No podía ver desde mi posición su cara. Debía ser horrorosa, y doy gracias por no haberla visto. El soldado que sostenía el fusil bayoneta echó unos pasos hacia atrás. Le taparon la boca al joven. Sé que este mordió uno de los dedos del soldado que había acercado su mano, porque el japonés dio un grito y se enfureció más de lo que estaba. Además, por su cara, estaba deseando que su compatriota clavase sin piedad el arma contra el joven. El soldado que tenía los dedos dentro del ano los sacó de golpe y agarró, estirando con todas sus fuerzas en direcciones opuestas, las nalgas del joven. Vi como colocó el extremo punzante de la bayoneta a unos metros del ano, totalmente alineada con el orificio. Recuerdo que empecé a sudar. Sentía escalofríos por todo mi cuerpo. Hasta tuve una brutal nausea que casi movió el estómago de su sitio. Entonces el soldado cogió carrerilla hasta que la punta de la bayoneta se empotró en el lugar previamente preparado. Yo...


Lo siento, he tenido que parar. Se han pasado cinco horas desde escribí la última línea y ya ha anochecido. Lo siento. Aunque continúe escribiendo, lo peor de todo no creo que pueda plasmarlo en palabras. Claro que no. Ese joven no murió al instante, se pasó agonizando el suficiente tiempo como para que su voz quedase grabada en mi interior. Los sonidos que emitía el joven fueron lo peor... Como si de uno de los relojes que trajeron los ingleses a la corte de Pekín se tratara, cuyo mecanismo retumbaba por todo el palacio en cada hora punta, todavía escucho esa voz recorriendo mi esqueleto hora tras hora. Las imágenes se borran, pero no lo hacen esos aullidos que escuché. Todos los días. Te aseguro que he enloquecido un poco más por su culpa.

Juro por todos mis antepasados que, si existe un ápice de misericordia en cualquier ínfimo lugar de este mundo o de cualquier otro creado en el tao, esas salvajadas no quedaran nunca impunes. Y juro que esos japoneses no podrán descansar en paz hasta que no se produzca el correspondiente intercambio de energía. Y que ese joven, si no soy yo quien lo haga, se vengará de esa monstruosidad en alguna de sus futuras vidas.
Aunque ya sabes como soy. Juro y me enardezco pero después me vuelvo a callar... Pero esta vez ha sido distinto. La matanza a sangre fría de un inocente, vivirlo todo en primera persona, callado entre la sombra... No puedo. Es una escena dantesca. ¿Sabes lo que te digo? Que ojalá vuelva a presenciar otro asesinato más. Entonces daré la cara y me plantaré delante de ese chino o manchú al que quieran aniquilar. Para que así yo sea el siguiente. Y sin mediar explicación alguna sobre mi condición, dejaré que acaben conmigo a destajo. Y que se queden ellos con toda esta puta pesadilla. En realidad estaré agradecido de que lo hagan. De que roben mi vida cuanto antes.

Ahora sí, me falla el ánimo para escribirte. Acabo de vomitar. Esta carta me ha costado dos días de retiro, dos días sin probar el opio. Me dan pinchazos en la frente, debajo, ya sabes, entre los ojos. A veces pienso que si algún soldado japonés llegará a atravesar mi frente con su bayoneta, utilizando la misma fuerza animal con la que descuartizaron el ano, los intestinos, el estómago, los pulmones y la garganta de ese pobre chico, a veces me preguntó si moriría con algo de elegancia. O por el contrario, con una cara de espanto y entre gritos. Si incluso en ese momento, sufriendo el mismo dolor que ese chico, moriría de forma elegante. Tan elegante como un emperador se merece….

Me retiro. Te quiero siempre.



25 de febrero del 1936, Changchun, Manchuria.

Puyi
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2 comentarios:

  1. Hola! Lo primero es decirte que he visto varias entradas y...¡me gusta mucho la manera que escribes! ¡Lo haces muy bien!
    Centrándome en esta entrada, debo decirte que no me esperaba para nada la estructura. A esto debo añadir que no me queda claro la temática. Razono mi argumento en base a que es una carta de un emperador hacia su amada; el comienzo me ha recordado mucho a un trabajo que hice para Griego en primero de bachillerato: era una carta de amor de Alejandro Magno a Efestión (investiga si no sabes quiénes son ¬¬). Lo que es el "tronco" de la historia, como yo lo suelo llamar, toca otro tema, que es un poco gore, si se me permite la expresión. Para mi gusto está bien redacta y expresada, pero no veo que en una carta de amor se escriba tales cosas. Debo destacar que me ha gustado la manera en que has descrito la situación del muchacho con los soldados; en realidad, me puse un poco malo. Mi consejo, si lo quieres lo coges, si no, no pasa nada (risas) es que si juegas a escribir una carta de amor, hazlo hasta el final porque queda más bonito y describes muy bien los sentimientos (demasiado bien, diría...).
    PD1: Vuelvo a decir que ME ENCANTA COMO REDACTAS
    PD2: Tenemos que hacer relatos los dos, que seguro que se nos dará muy bien. Entre mi creatividad y tu prosa haremos grandes cosas ;) (risas).

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    1. Hola Daniel Álvares Espinosa. ¡Muchas gracias por interesarte en este relato y comentarla! Al parecer, el objetivo del emperador es desahogarse con una persona (supuestamente su amada) contándole ese último episodio que ha vivido. Que la carta parezca al principio una bonita carta de amor es quizás una forma de maquillar todo el dolor que lleva dentro, para que esa 'supuesta amada' se interese por leer una carta que como tú bien dices tiene más bien un toque 'gore'. De todos modos, ¡me quedo con tu consejo! Escribí hace tiempo algo parecido a una carta de amor en este artículo: http://nuncadigasnunca-aruber.blogspot.com.es/2011/10/cartas-un-muerto.html

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